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jueves, 16 de agosto de 2012

Los paranaenses ¿no pueden convivir con la flora nativa?


Compartimos nota, publicada el domingo 12 de agosto en el diario UNO de Entre Ríos. Por Tirso Fiorotto de Paraná, Santa Fé


En homenaje a la naturaleza que nos precede en millones de años
Los paranaenses ¿no pueden
convivir con la flora nativa?

Espinoso reclamo de revisión de los criterios de selección de árboles en las calles de Paraná, para incorporar razones no menos importantes que incluyan una mayor variedad de especies.

La naturaleza lleva millones de años acá, y por lo menos en los últimos 13.000 años la mujer y el hombre han convivido en Entre Ríos con estos árboles, estas hierbas, estos peces, estos pájaros, estas mariposas.
Algunos expertos de Paraná y aledaños, siguiendo recetas de un mundo que no se ha ganado ninguna autoridad, dictaminaron que no podemos vivir con los árboles de nuestra flora en las calles, que hay que traerlos de otro lado.
De la misma manera en que varios próceres argentinos entendían que con el indio y el negro y el gaucho no había una sociedad, porque eran muy indios, muy negros y muy gauchos, y los blancos no podían incorporar sus modos, y entonces tenían que llegar los blancos europeos para sanear la especie (al tiempo que se practicaba el aniquilamiento de los habitantes de aquí); de ese modo es que ahora los técnicos en forestación excluyen a la flora nativa y lo hacen con argumentos que no dejan de ser atendibles: dicen que nuestros árboles tienen… espinas.
Como algunos no poseen esas espinas, entonces dirán que tienen… raíces.
Y para los que no tienen espinas ni molestan con sus raíces dirán que son… ¿feos?
Mirando la nómina de especies elegidas, nos quedará sin embargo la idea de que a los árboles nuestros no les da el linaje para estar en las calles. Demasiado populares para ser buenos.
A la hora de matar todo lo autóctono, que es un proceso bien claro en Abya Yala (América), y cinco siglos igual; a la persecución del guaraní, el charrúa, el chanás y otras culturas, le siguió la tala rasa, y la masacre de miles de especies vegetales y animales.
A los indios que no fueron exterminados se los encerró en reducciones.
Hoy, esa línea se sigue con expertos universitarios en espacios verdes.
Los años de universidad no alcanzan para integrar el hombre a la naturaleza, la naturaleza no está en el target de muchos graduados.

La selección

El chañar que se quede en el monte, y si lo plantaron en el parque ¡no dejemos que aparezca en las veredas!
Con estos criterios, los paranaenses jamás podrán gozar de una calle de chañares, una calle de algarrobos.
Porque todo ha sido ejecutado a favor de los caños, el cemento, y nada a favor de los compañeros de ruta que nos preceden en millones de años, y a los cuales debiéramos reverenciar.
Este año la municipalidad de Paraná volvió a caer, como es costumbre, en los esquemas de selección de especies arbóreas que son contrarios y hasta enemigos, se diría (esos esquemas), de la flora indígena. Y en eso se parece a la mayoría de los municipios entrerrianos que podríamos llamar desflorados, desflorados por los caprichos gringos.

Espinal despinado

Con principios copiados a otras regiones y otras culturas, los expertos que determinan el arbolado comienzan por descartar las especies emblemáticas de la selva de Montiel, como llamamos aquí a los bosques del “Espinal”.
Vivimos en medio del Espinal, el planeta entero nos conoce como habitantes del Espinal, somos las mujeres y los hombres del Espinal, pero nuestros expertos decidieron que no se puede convivir con las espinas.
Hay testimonios acumulados por 13.000 años en sentido contrario, pero de nada sirven ante los argumentos graduados.
¿En qué se basan? No sabemos, porque en verdad, la naturaleza estaba aquí hacía millones de años cuando llegó el hombre, y el hombre ha logrado sobrevivir esos 13.000 años que decimos en el Espinal. Claro, hasta que llegaron los expertos.
Alguien dirá que no debiéramos sorprendernos: ¿cuánto hace que los jueces del Superior Tribunal (nada menos) ordenaron talar una palta porque las frutas que caían de lo alto podían rayar sus coches?
Ya sabemos que las paltas están en el Abya Yala desde hace cientos de miles de años, son mil veces más antiguas que los aztecas y los mayas y los chibchas en esa zona, y los jueces de Paraná son un poco más jóvenes… Pero en la lucha prevalecieron los fueros, y adiós palta.
De nada le valió la ordenanza que lo declaraba árbol protegido. Vino una acordada que lo declaró árbol desprotegido, y fin de la historia.
Pero volvamos a la flora del Espinal despreciada en la capital entrerriana.
El valor “preservación de la naturaleza” no alcanza aquí a los árboles con espinas, y claro: justo vivimos en el Espinal, de modo que el monte nativo está en problemas en la ciudad que va camino a concentrar un cuarto de todos los entrerrianos.
La relación de la mujer y el hombre entrerriano con sus árboles antiguos, la trascendencia de los nombres de nuestra flora entre los poetas, músicos, escritores, y en las culturas antiguas de la región: nada de eso vale a la hora de seleccionar los árboles que tomamos de compañeros.
La naturaleza nos da mensajes pero encuentra a los expertos cubiertos por sus impermeables.
Así es que en la región del Espinal se suprimen de las calles a los árboles con espinas.
El algarrobo no tiene lugar en las calles de Paraná, el espinillo está vedado, el ñandubay no tiene quórum, el tala debe marcharse, el chañar lo mismo.
Han descubierto, por caso, que el algarrobo es ¿grande? Es como si fuéramos al país de los elefantes a decirles: ¡señores, no hay espacio para ustedes!
¿Es grande el algarrobo o es estrecho nuestro enfoque?
Las culturas milenarias que interactúan con la flora no tienen razón, y los constructores de veredas sí, porque se han especializado en detectar espinas.
En esa línea, el día que Entre Ríos deje de expulsar a sus hijos y sea una región poblada, deberá decretarse el exterminio de los montes nativos, o su “despinación” completa.
Cualquiera de nosotros tiene un perro en casa, y sabe que a determinada hora habrá que juntar la caca. ¿Existe un vecino en esta ciudad que ame juntar la caca del perro? Sin embargo, lo hacemos a diario y no andamos por el mundo prohibiendo toda raza canina que defeque.
Para cuidar un árbol con espinas hay que ponerse guantes y de tanto en tanto pasar un rastrillo. ¿tan difícil es?
Los expertos de Paraná prefieren el atajo. ¡No espinas! ¡No árboles! ¿Qué harán con los rosales?
En Villa Urquiza hay un lugar privado muy visitado, que se llama Los Aromos, y tiene espinillos (aromitos) al lado de las piletas de natación. Bello lugar en que hemos pasado tardes hermosas, bajo los espinillos, descalzos.
Cuando observamos que una ramita se cayó, la tomamos con cuidado y la apartamos del camino. ¿Podrían llamarnos los expertos, con escribano incluido, como testigos?
Hasta hoy, no sabemos que haya en Villa Urquiza un acta de defunción que especifique en las causas: “espina en el dedo gordo”.

Mirar por dónde

Es cierto: en el Espinal conviene andar calzados, o mirando por donde se camina… Así lo hacen las vacas, los caballos, las gallinas, los monos, las comadrejas, los zorros, pero parece que los paranaenses carecieran de esa facultad.
La construcción lógica es esta: me clavé una espina, ergo, hay que talar el algarrobo.
Con la misma lógica diremos: se me encargó la uña, ergo: ¡amputemos la mano!
Me duele la cabeza, ergo: ¡guillotina!
El resultado de este atropello a la naturaleza y a las culturas milenarias se ve de lejos: donde habita el hombre se acaba el monte indígena. Si hay hombres no hay algarrobos, no hay ñandubay.
¿Es que todo debe adecuarse a los caprichos del hombre? Esa es la ley que sigue el municipio de Paraná para sus calles desde hace décadas y esta semana acabamos de corroborarlo.
Una élite de tecnócratas de la vereda (cuyos nombres desconocemos) se ha adueñado del paisaje. ¡No sea que una raíz se revele contra el mosaico de la vereda!
Todos los días un camión, un auto, una máquina rompe un mosaico en Paraná, y que sepamos nadie ha prohibido por eso a los camiones, autos, máquinas.
Cada tanto, a las autoridades se les ocurre una nueva obra no planificada, de modo que en una década rompen diez veces la misma vereda, y por kilómetros... ¿Deberemos prohibir la existencia de autoridades, entonces, porque rompen sin un plan a largo plazo, y en eso rompen mucho más que los árboles?
Sí, algunos árboles tienen raíces distintas, ¿no hay modo de adecuarnos nosotros en vez de prohibirlos a ellos?
¿Cuánto vale apreciar los frutos del algarrobo frente a casa? ¿Cuánto vale un par de trinos a la mañana?
Pero los criterios que mandan son distintos. ¡Guarda que una ramita nos pinche nuestras sedosas manitas! ¡Ojo, no sea que la sombra de la copa sea del 73,2 %, cuando lo óptimo es el 75,8 % de cobertura, según el manual del buen “veredista”!
Las autoridades tan cuidadosas de los vecinos que puedan ser heridos por una espina, ¿qué dicen de los miles de vecinos que hurgan en las bolsas de basura para comer, bolsas en las que más que espinas encuentran vidrios, jeringas, latas, todo tipo de porquerías infectadas?

¿Y los otros por qué?

Es tan claro el mensaje contrario a la flora nativa, que no rescatan de nuestros montes ni siquiera los árboles que carecen de espinas. ¿Será que no calzan en sus criterios de belleza? ¿Y quién tiene el “bellómetro” en la Municipalidad de Paraná?
Nada de lo autóctono les cae bien para nuestras calles. Y es tan violento que a uno le queda la impresión de que tomaron un listado completo de las especies del monte nativo para eliminarlas una a una hasta que no quedara ni un solo ejemplar.
Es cierto, se les escapó el ceibo… A esta altura sospechamos que creen que el ceibo es de Tailandia. (¿Y no advirtieron que el ceibo tiene espinas?).
Leamos esta noticia oficial, textual-textual, de la semana pasada: “Especies aptas. En relación a las especies incluidas en el presente plan de forestación, su elección determina la presencia de  características bien definidas.Carencia de espinas; producción de raíces profundas (para evitar inconvenientes en veredas, cimientos y servicios); follaje caduco para mejorar el asoleamiento en el invierno; buena copa; que sea resistente o tolerante a plagas y enfermedades”.
En la selección de especies, la primera de todas las causas de exclusión es la espina.
El disparate se comprenderá cuando vayamos a China y decretemos: artículo primero, están excluidos de este beneficio los ciudadanos de ojos rasgados...
Pero sigamos con el texto: “Se considera además, la plantación de especies con una mínima necesidad de tratamientos culturales, adaptables al clima del lugar y paisajísticamente agradables por su color, textura, floración o fructificación…”.
¿Cuál será el color “agradable” para los expertos? ¿El verde es agradable? ¿Y el violeta? ¿Y el marrón oscuro? ¿Y el gris? ¿Y el amarillo verdoso?
Pero lo curioso del párrafo es que reconoce que las calles no tienen árboles de aquí: “adaptables al clima del lugar”, dice. A confesión de parte, relevo de pruebas.
Es decir, nada de árboles que hayan vivido aquí diez millones de años: traigamos uno de por ahí que se “adapte” al clima…
Y sigue la norma oficial: “El tamaño, acorde al ancho de la vereda así como  la altura de edificación, la orientación de la calle y el predominio de la especie existente, son aspectos importantísimos en la elección de árboles en avenidas o calles”.
Esto significa: como nuestros abuelos y padres, muchos de ellos gringos, menospreciaban a la flora autóctona que no les decía nada, y por eso traían especies exóticas, hoy damos prioridad a las especies existentes, es decir, exóticas…
Dicho en otras palabras: usted, señor espinillo, vaya tomando conciencia de que los expertos no lo quieren ni pintado en nuestras calles, de aquí a la eternidad.
Es cierto que en Paraná, por obra y gracia de vecinos muy comprometidos con la biodiversidad, o por cosas de la naturaleza, hay espinillos en algunas calles y es fácil apreciar su belleza, su porte, su aroma, el amarillo de sus flores. ¡Flores en invierno!
El espinillo es de los pocos que florecen en pleno invierno, en estos días.
¿Por qué su aroma no alcanza a penetrar el alma de los expertos? ¿Le falta apellido?
No negaremos que todas las especies seleccionadas son bellísimas, y varias de ellas de la flora de Abya Yala, verdaderos himnos de nuestra naturaleza como el ibirá pitá.
Es decir: no estamos aquí en contra de ningún árbol. Y el listado que leímos nos agradaría sobremanera, si no fuera por las ausencias.
Lo que nos proponemos subrayar es nuestra disconformidad con los criterios de selección que, entendemos, no son objetivos, están muy bien por lo que eligen pero muy mal por lo que excluyen.
Hay otros elementos a tener en cuenta y que no responden sólo al interés del cemento de la vereda.
Hay modos de hacer las calles también, para dar lugar a ciertas especies de árboles. ¿O acaso los que seleccionan las especies del arbolado urbano no son los mismos que trazan las calles?
Nuestro reclamo apunta pues a que incorporemos otros asuntos espirituales tan importantes como los requisitos apuntados. Si no más importantes, por lo menos iguales. 
Y bien, vayamos al listado de especies preferidas en 2012, que provocó nuestra respuesta: “En la planificación de la forestación en el presente año fueron seleccionadas las siguientes especies: fresno americano (Fraxinus sp.); lapacho rosado (Tabebubia impetiginosa); palo borracho (Chorisia sp.); ibirá pitá (Peltophorum dubium); catalpa (Catalpa bignonioides); arce (Acer negundo); carnaval (Senna carnaval); falso caoba (Bahuinia variegata); parasol de la china ( Firmiana platanifolia); magnolia (Magnolia grandiflora); ceibo (Erithryna crista-galli); jacaranda (Jacaranda mimosifolia), y crespón (Lagerstroemia)”.
Como puede apreciarse, insistimos: se ha salvado el ceibo.
Por los demás no tenemos sino admiración, el que seleccionó tiene un buen ojo. Pero un ojo nomás, mira tuerto.

Muchos ausentes

Insistimos: hay otros criterios importantes, y hay modos de preparar las calles para dar lugar a la biodiversidad y a la interacción del hombre con la flora de todo el planeta, incluida la nativa.
Varias de las especies elegidas son de la región aunque no del Espinal, varias son exóticas, y ninguna vale más que la otra. Son bellas, pero no valen más.
Hay árboles de nuestra selva de Montiel que están ausentes, árboles de nuestra selva en galería, árboles de nuestras costas y nuestras islas, muy distintos unos de otros, y muchos de ellos con milenarias simbiosis con pájaros, insectos y otras especies de la flora y la fauna: todos tachados.
Son muy bellas nuestras calles con magnolias y falsos caobas, no lo negaremos. Y hay que decir que Paraná se caracteriza por un buen arbolado, en eso se han hecho aquí muchas cosas bien, y por eso vale también conversarlo, siempre ha habido (y hay) una particular atención a este aspecto.
También por eso vamos por la positiva: no queremos menos especies, queremos más. Queremos calles con guaraniná, sombra de toro, tala, chañar, quebracho blanco. Calles con algarrobo, ñandubay, molle, espinillo. Calles con canelón, lapachillo, curupí, sauce, aliso, timbó, sangre de drago, guayabo, laurel, ñangapirí,  ingá, ubajay…
Calles con ombú, cómo no. Calles con especies de nuestros palmares… Y así también calles con especies de hierbas y arbustos de la región, y enredaderas y lianas trepadas a los árboles o colgando de sus ramas…
No hay razones para la exclusión, lo que existen son límites en la planificación general, y todo por no dar al árbol y a sus habitantes el lugar prioritario que merecen.
Donde va el ombú habrá que prever unos metros más… así de simple. ¿Acaso no acabamos de darle el hipódromo a un shopping? Veinte hectáreas para un shopping sí, 15 metros cuadrados para un ombú no…. ¿Cómo se sostiene este despropósito?
Amamos el jacarandá, la tipa, el lapacho rosado. Ha sido un gran acierto incorporarlos, le dan a Paraná una condición excepcional. Y bien: llegó la hora de ampliar el espectro, incorporar, pensar de modo sistémico, crear conciencia de identidad, convivir con lo exótico y con lo nativo, sin censuras, tomando otras razones también importantes y poniendo al árbol en el centro; al hombre como parte de la naturaleza y no como caprichoso rey.
A riesgo de resultar reiterativos: no abrigamos ninguna animadversión contra especies exótica, todo lo contrario. Nos gustan, las apreciamos. Sí debemos insistir en que la selección hace primar criterios técnicos y de ingeniería por encima de hondas razones culturales que aquí no están presentes. El error es muy grueso, y responde a una tendencia generalizada.
A favor de los funcionarios municipales diremos que se hacen asesorar con ingenieros agrónomos, más responsables aún de la ausencia de un criterio integral porque saben lo que este menosprecio significa y porque tienen estadísticas de lo que el hombre ha hecho con el monte indígena en estos últimos 150 años.
La conciencia de que hemos destruido no menos de 10.000 hectáreas de monte cada año en Entre Ríos, de esa atroz matanza de vegetales y animales, ¿no alcanza para revertir el proceso y devolver a la naturaleza su lugar?
También reconoceremos que muchos ciudadanos, quizá mayoría, se molestarían si en su bella calle el municipio plantara árboles del Espinal.
Es cierto. Con cientos de años menospreciando al monte nativo y a su fauna, con toda una cultura que resta valor a lo de aquí, sea un ritmo, sea un árbol, sea un animal; y no podemos pensar que de un día para el otro tendremos toda una sociedad clamando por el monte nativo.
Pero los que conocen el proceso, y saben que sin la biodiversidad vamos directo al abismo, son más responsables y tienen la obligación de crear conciencia.
Bueno, disculpemos pues a los funcionarios que quizá se dejen llevar por tendencias de una sociedad que suele poner las cosas al servicio de los caprichos humanos, o poner demasiado acento en la utilidad de las cosas para su interés individual, antes que en el mensaje de la naturaleza para el conjunto, para los humanos, los vegetales, los animales, el hogar de todos, la madre tierra.
Pero insistamos con la pregunta central: ¿no será hora de apreciar nuestro entorno, plantar nuestros árboles, y adecuar lo demás (que es secundario), a las características de las especies que nos preceden, en este suelo, varios millones de años y con las cuales tenemos una deuda milenaria?